Ramadán negro en Alhucemas

Son cerca de las 10 de la noche, tras romper el ayuno las personas comienzan a llenar la Plaza Tchita de la ciudad de Alhucemas. Un grupo reducido de mujeres grita en un tono festivo cánticos a favor de la libertad de expresión acompañadas de un grupo mayor de niñas que apenas rondan los diez años. De repente aparecen cuatro furgones policiales de los que bajan decenas de policías que dispersan y persiguen a las mujeres y niñas que huyen gritando. La escena dura a penas unos minutos.

Los agentes se dirigen calle arriba, persiguiendo a una joven a la que detienen. “Se llama Hanae, tiene 22 años y es una estudiante universitaria en Oujda a la que seguían el rastro”, comenta un chico que la concoe. Acto seguido un hombre que se encuentra cerca grita y manifiesta la vergüenza que le supone la escena vivida, a él también se lo llevan. Uno de los policías le espeta a otro joven “el próximo eres tú”.

Es la situación que se vive en Alhucemas desde el pasado 28 de marzo. La plaza de los Mártires es ejemplo del control policial, que hace unos meses era el lugar de encuentro de las protestas y asambleas populares, hoy se encuentra ocupada por más de una veintena de vehículos policiales. Caminar por las calles de la ciudad es someterse al escrutinio de un número de policías que iguala o supera al de viandantes. “Pedíamos el fin de la militarización y nos han traído más policías y militares”, explica un comerciante de la Calle Tarik Ibn Ziad, “por las noches todos los accesos a Sidi Abid (zona de mayores protestas) se encuentran cerrados, para poder acceder tienes que demostrar que vives en el barrio”. El comerciante que se muestra preocupado por el ambiente de opresión que supone tener a los policías en cada calle explica que las fuerzas de seguridad registran los bolsillos de quienes se acercan, “te obligan a enseñar las manos para ver si has recogido piedras, también te miran las zapatillas, si están manchadas de polvo, entonces deciden si te expulsan o te detienen”.

Al día siguiente, ante la imposibilidad de manifestarse en las calles, protestan desde las terrazas. Cacerolas, ollas, todo vale para hacer el máximo ruido posible. De repente un grupo de unos cinco niños continúan su cacerolada en la calle y un grupo de policías les persiguen, apenas alcanzan los diez años de edad, sus madres salen en su busca. Pocos se atreven a conceder una entrevista bajo su nombre real, por el miedo a ser detenidos o represaliados, hay un testimonio que se repite en las calles, en la playa, en las peluquerías, “nuestros padres y abuelos nos contaban historias de la represión durante los años de plomo, hoy lo vivimos en nuestra piel”.

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