​De vacaciones en el norte de Marruecos

Hace unas semanas mantuve una conversación con un joven marroquí residente en Madrid, éste defendía que en Marruecos la gente vive muy bien, a lo que no pude evitar preguntar por qué entonces él había decidido emigrar, matizó que se vive bien, pero siempre se quiere vivir mejor.

Estas palabras sonaron como un puñetazo en el estómago. Cómo de bien viven todas esas personas que pasan horas subidas a las vallas esperando la mejor oportunidad para cruzar a España o para poner sus vidas en riesgo en las aguas del Mediterráneo, cómo de bien viven quienes cada día huyen del hambre, las guerras y un presente que no conduce a ningún sitio. Emigrar no es un privilegio, ni una opción, es la única alternativa de quien no tiene más que su fuerza de trabajo.

Tras pasar cerca de dos semanas en el norte de Marruecos, me acordé de la frase de aquel joven exhortándome a aceptar que la ciudadanía marroquí vive bien. Un año más, no fue eso lo que me encontré. Estuve de viaje en diferentes pueblos y ciudades del norte, en todas se repetía el mismo patrón, un contraste de dos mundos diferentes: la población marroquí residente en el extranjero y la residente en el país africano.

Era difícil no percatarse de semejante diferencia por ejemplo, en el caso de los vehículos, coches de último modelo con matrículas de Bélgica, Holanda, Francia, Inglaterra, España… frente a los vehículos polvorientos y entrados en años con matrícula de Marruecos. 

En el país africano los veranos se suceden todos los años de la misma manera, en una atmósfera de confrontación que enfrenta por un lado a la población migrante que va de vacaciones a gastar dinero, conducen coches de último modelo, comen en los mejores restaurantes, visten las mejores marcas y caminan con un insultante aire de superioridad. 

Por otro lado, están quienes no son migrantes, principalmente porque no han tenido la opción, una población con trabajos en su mayoría precarios, oficios del sector servicios dirigidos al anterior grupo que es quien dispone de los recursos económicos. En esa situación, esta población aprovecha el verano para subir los precios de todos sus productos puesto que “lo que conseguimos en la época de vacaciones nos permite vivir el resto del año”, explica un vendedor de una tienda de ropa en un zoco de Alhucemas.

Joven conduciendo una carretilla con la compra de otra persona en un zoco de Marruecos

El estado marroquí incapaz de ofrecer empleos con garantías permite que se de un descontrol de precios (quién no ha tenido que regatear), trabajos infantiles, jornadas maratonianas… durante el verano en casi todos los lugares donde se puede aparcar se ha establecido un “vigilante”, una persona que se encarga de señalar los huecos donde aparcar y cuidar de tu vehículo bajo el sol abrasador, por la cantidad de unos 5 dirhams (unos 50 céntimos). Este es el empleo, perdón por el calificativo, más común no sólo entre hombres, sino también entre niños.

Los trabajos infantiles son una constante que se repite ciudad por ciudad, chavales sin salida que trabajan vendiendo refrescos, recogiendo frutos característicos de la tierra para venderlos a las personas migrantes al borde de las carreteras, poniendo sus vidas en riesgo, o conduciendo carretillas a modo de “carros andantes de la compra”. 

Chavales vendiendo higos chumbos al borde de la carretera en Alhucemas

En la carreta que va de Alhucemas a Tetuán se encuentra uno de los muchos puestos de chavales que venden higos chumbos para conseguir unos ahorros, poniendo su vida en riesgo en carreteras mal señalizadas, en las que los vehículos alcanzan velocidades máximas. El vehículo se detiene y se acerca un chico que ronda los 10 años, nos ofrece un cesto de higos chumbos al tiempo que explica: “los he recogido esta mañana con el alba, están frescos”. Concentrado en sacar los pinchos que se le han clavado en los dedos al retirar los frutos comenta que “con lo que sacamos en verano, me pago los libros del curso que viene”.

Es un contraste de dos mundos diferentes que en la noche se vuelven uno solo, un elemento que actúa de simil entre las personas migrantes y las que no lo son, ese es el ocio, la diversión. Todos los veranos el Estado alauita establece en las plazas de las principales ciudades carpas donde tienen lugar importantes festivales de música, a las que acuden cantantes afamados de todo el país. Se trata de espacios en los que la gente olvida la falta de oportunidades, la precariedad. Lugares que se establecen a modo de distracción, evasión y que por unos momentos hacen olvidar a la ciudadanía, que en Marruecos no se vive tan bien.

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